El maniquí. Una historia inglesa.

[Este cuento anónimo apareció publicado en dos partes en 1833 en la revista Correo de las damas, periódico de modas, bellas artes, amena literatura, música, teatros, etc. No he sido capaz de encontrar ningún dato sobre el posible autor o autora, pero sí bibliografías que afirman que es el sexto relato fantástico publicado en la prensa española (el primero data de 1826). He actualizado un poco la ortografía pero he conservado otras cosas, como ese curioso “la fantasma” en femenino o el uso de las comillas y guiones de diálogo a la vez. Son unas 2500 palabras en total así que el texto continúa después del corte.]

 

Mi amigo Chesterton es un pintor de los más conocidos en Londres, y su habitación está situada en una de las calles estrechas que se comunican entre el Strand y el Támesis. Adornan su gabinete caballetes, trofeos, cuadros, en una palabra, cuanto suele encontrarse en el taller de un pintor. Al echar una ojeada hacia uno de los rincones de la habitación, no pude disimular un movimiento de sorpresa. De entre la oscuridad parecía tenderme las manos una figura humana envuelta en un manto blanco. «No te asustes, me dijo mi amigo sonriéndose, es un maniquí que me ha servido esta mañana para trazar un bosquejo de la Aparición en la tienda de Bruto. Tengo fundada en él mi vanidad; esta pieza es hija en gran parte de mi industria» y apartó el ropaje que cubría el esqueleto. «Tú empiezas ahora a pintar, pero ya sabes que un buen maniquí es un mueble caro. Siempre tuve afición a la mecánica y esto me sugirió la idea de hacerme con uno a poca costa. Pedile pues a un estudiante de medicina un esqueleto en buen estado. Ignoro dónde y cómo se lo agenció. Probablemente sería por medio de algún resurreccionista1. De todos modos es una pieza sólida y fresca. No parece haberle perjudicado mucho la humedad de la tierra. Por medio de unos alambres y resortes fijados en las articulaciones principales he conseguido hacerle tomar las posturas de que he menester, con tanta perfección como pudiera con cualquiera de los maniquíes que nos venden hechos. Con algunas prendas usadas de mi vestuario he cubierto, como ves, su desnudez; y como el cráneo vacío me ofrecía un aspecto lúgubre, sobre todo cuando trabajaba de noche, le he cubierto con una máscara vieja y una antigua peluca de mi padre. Lo único que me incomoda es que el cuello está inclinado a una parte, como si aquel a quien perteneció hubiera sufrido en vida una violenta torsión: pero eso no tiene remedio.» Diciendo y haciendo, quitole mi amigo la careta y la peluca, y vi en efecto un cráneo pálido y pelado que asomando por entre el ropaje con su rostro hundido, sus ojos huecos, y su frente blanquecina, parecía representar la muerte de máscara, espectáculo ridículo a la vez y espantoso, pero que sorprendiéndome en medio de la oscuridad solo produjo en mí sensación de asco y de repugnancia.

De allí a pocos días quedé admitido de alumno en la academia real de Pintura, y en solemnidad fuime con dos amigos a celebrar tan fausto acontecimiento comiendo en una fonda de la Capital. Después de haber bebido y bromeado como jóvenes, separámonos a las once de la noche en las inmediaciones de Temple-Bar. Hallábame cerca de casa de Chesterton y como este hubiese contribuido no poco a mi admisión, pareciome del caso entrar a participarle la alegre nueva, movido de la confianza con que podía ser recibido a cualquier hora en su casa. Chesterton no se había recogido todavía; entré con todo en su cuarto, en cuya chimenea ardía un fuego animador, y gustando del incierto resplandor de la ondeante llama, no quise que me encendieran luz. Senteme al lado de la chimenea y divertíame en contemplar las extrañas figuras y singulares combinaciones que producían en la pared y en el techo las sombras fantásticas de las sillas, caballetes y modelos que me rodeaban. El brazo monstruoso de un Hércules cruzaba por el techo e iba a asir la pierna de una Venus, cuyas formas dilatadas y proporciones enormes parecían pertenecer al coloso de Rodas, al paso que una montera española de mi amigo se reproducía en la pared de enfrente como el casco gigantesco del Castillo de Otranto. A medida que el fuego se amortiguaba, fijaba yo atentamente los ojos en el hogar, buscando aquellas apariciones fantasmagóricas, aquellas quiméricas figuras de hombres, castillos, árboles y animales que gusta la imaginación crearse en las quiebras del carbón encendido. De allí a poco el último esfuerzo de la llama ofreció a la vista una flámula ligera, volteando y circulando como vivo y fugaz meteoro en el ápice de la masa ardiente, hasta que desprendida y desvanecida del todo, vi el edificio de las materias en combustión desmoronarse y hundirse con súbito estallido en el abismo hueco, minado por la lumbre; desapareciendo con él toda la aérea fábrica de mis grutas, castillos, templos, torres, y habitantes con que los poblaba mi fantasía, y disipándose todo en torno mío como las confusas sombras de un incierto sueño.

Habiendo interrumpido esta catástrofe el curso de mis observaciones, levanteme y púseme a la ventana. La noche era clara, pero fría. Brillaban algunas estrellas en el cénit; ocultábase la luna detrás de la oscura mole de Westminster: bajaba la marea, y las olas negras refluían con vacilante reflejo y sordo rumor debajo de la ventana. Un barco me pareció deslizarse sin más ruido que el monótono y acompasado golpear de un remo sobre la superficie movediza del agua: algunos bultos negros distinguí dentro de él, y de allí a poco el barquero levantó la cabeza, y a la luz de un relámpago vile llegar los dedos a la boca y silbar. El chiflido rebotó en el agua, y fue a morir a lo lejos el eco agudo. ¿Pudo ser ilusión? Figuróseme oír detrás de mí y en el mismo cuarto la propia señal repetida, aunque débilmente, y como si el que hubiese respondido no tuviera labios para articular, ni músculo bucinal con que lanzar el sonido. Parecíase el susurro aquel al que produce el aire colado por las rendijas de ventana mal cerrada. Miré, todo estaba sin embargo en perfecta calma y el maniquí en el rincón, inmóvil como una estatua, vestido siempre y en la misma postura acostumbrada. Avergonceme de mi pánico terror, miré de nuevo al río, pero ya no vi el barco; ya nada oí. La noche había cambiado; acercábase la tormenta: refluía el aire por la chimenea y algunas gotas que en el rostro me cayeron, me obligaron a cerrar la ventana. Decidido sin embargo a esperar a Chesterton, acerqueme a la mesa y para engañar el tiempo «probemos, dije para mí, a dibujar también una aparición; el momento es inspirador y favorable.» Encendí unas bujías, saqué de su rincón el maniquí, cogí lápiz y papel y púseme a dibujar. Pocas plumeadas había dado cuando la resonante campana de San Pablo marcó las doce. A la primera campanada creí ver agitarse la ropa de mí modelo, mas como el viento seguía introduciéndose por ráfagas en la chimenea, atribuílo a una corriente de aire. Imagínese empero mi sorpresa, cuando al retumbar el último golpe, vi la figura despojarse de sus ropas blancas, ponerlas con mesura sobre un biombo, coger del caballete la montera, encajarla en su cabeza, y saludándome después con grave continente, como quien se disculpaba de interrumpir mi trabajo, encaminarse lentamente hacia la puerta y desaparecer. Más fue asombro que terror lo que experimenté. Dilataronse mis ojos cuando el ser misterioso se levantó y se cubrió. Petrificado quedé cuando le vi medir con sus pasos el aposento; oía distintamente los latidos de mi corazón dentro del pecho. Pero fuese que el mucho vino de la francachela hubiese vigorizado mis nervios, fuese cualquiera otra causa, repúseme del susto inmediatamente. Levanteme en cuanto vi cerrarse la puerta: un poder irresistible me arrastraba a seguir las huellas de la fantasma. Determiné ver el paradero de su nocturna peregrinación y asiendo de mi sombrero, bajé la escalera como quien cede a la irresistible fuerza de violenta pesadilla. Al llegar a la calle solitaria, distinguí la fantasma a treinta pasos delante de mí. Deslizábase con precaución a lo largo de la pared, y seguíala yo a la mortecina luz de tal cual reverbero que iluminaba de cuando en cuando su encarnada montera y al rumor de cierto crujido que resultaba de sus movimientos, como si sus articulaciones tomadas de humedad experimentasen en su juego algún embarazo.

Dirigíase la fantasma hacia el norte, evitando las calles mas frecuentadas, y serpenteando en el laberinto oscuro de callejuelas y pasadizos con igual destreza que hábil cochero. Tal vez un transeúnte admirado de su extravagante conjunto y de su peinado deteníase al verlo pasar. Un Watchman (sereno) quiso en balde detenerle. Un agente de la policía al ver su careta, le dio un bofetón al entrar en el tenebroso barrio de Los siete cuadrantes. Pero vile al punto retroceder precipitadamente cuando oyó retumbar su golpe con ruido hueco semejante al de una vasija de barro que se rompe. Continuaba sin embargo la fantasma su camino, siempre por debajo de los canalones, echando de cuando en cuando miradas de desconfianza a los transeúntes que por aquellas retiradas calles acertábamos a encontrar, ¿Fue ilusión? Una vez parecióme que introducía su mano en la faltriquera de un hombre que se arrastraba a lo largo de la acera, y salía sin duda ebrio de alguna guarida de los vicios y la crápula: pero retiróla al momento, meneó la cabeza con aire triste y pasó adelante.

Érame ya imposible reconocer en que punto de Londres me hallaba: estaba la noche tempestuosa y oscura: yacían apagados los reverberos por el viento y la lluvia. Todo lo que pude percibir fue que nos hallábamos en medio de un barrio de miseria y depravación. A veces escapabase de los sótanos y cuevas que asomaban por la acera rumor y tumulto de orgía bacanal, eco de canciones obscenas, y espantosos juramentos de uno y otro sexo; o retumbaba rudo estruendo de pendencia subterránea, acompañada de gritos de ¡socorro!, de dolorosos ayes, de profundos gemidos. Tal vez hallábamos interceptado el paso por alguna víctima embrutecida del vicio, que se arrastraba hacia su guarida o que reclinaba su cabeza privada de asilo en algún poyo o escalón de un portal arrinconado. No acertaba yo a comprender la conducta de mi guía. Al pasar por uno de esos tugurios de ruido y de desorden, parose, acechó, y titubeó como sí hubiera deseado reunirse a aquellos desalmados; pero obedeciendo después a un poder secreto y superior, o a una reminiscencia irresistible, aderezó de nuevo sus articulaciones desmontadas y púsose otrá vez en camino.

No tardaron en desaparecer a mis sentidos aquellas tristes muestras de la presencia del hombre y de sus vicios. Parecían ensancharse las calles y agrandarse las casas. Por fin el sacudimiento de las ramas de un árbol azotado del viento, que sonaba por entre los intersticios de varias casas apartadas entre sí, me hizo presumir que entrabamos en los arrabales de Londres. El esqueleto se dirigió hacia una linterna solitaria que resplandecía a poca distancia y se detuvo. Yo hice otro tanto.

En aquel punto salió de un paraje inmediato un agudísimo silbido, semejante al que había oído sobre el río. Estremeciose la fantasma, y haciéndome una profunda cortesía, como para darme las gracias por la compañía que le había hecho, puso en mis manos la montera con gesto y ademán que manifestaban la satisfacción que había tenido en poder guarecer con ella su cabeza. Oyose de nuevo la señal resonando con cierta expresión de impaciencia: el esqueleto se llevó entonces la mano a la oreja izquierda con un ademan semejante al de un pisaverde que endereza su corbata, hizo una extravagante cabriola y desapareció!..…

Una ráfaga de viento de oeste apagó bramando en aquel punto la linterna y quedeme sepultado en la mas completa oscuridad, sin saber hacia donde partir para volver a mi casa. Por fin viose con singular consuelo una lejana luz que se acercaba: era la del Watchman.

«Watchman, le dije ¿dónde estoy? ¿En qué barrio de Londres nos hallamos?»

—«¡Cómo! replicó el hombre de la noche, dándome con la luz en los ojos para cerciorarse de si era yo un ladrón. Caballero, está V. en el patíbulo de Tiburn y esa piedra que ve V. debajo de la linterna ha servido en otro tiempo de pedestal a la horca.»

Ignoro completamente lo que luego me sucedió. Un recuerdo confuso me ha hecho presumir después que el estado de excitación sobrenatural que hasta aquel punto me habla sostenido, cesó de repente y me dejó entonces privado de conocimiento. Cuando recobré el sentido, halleme echado en la cama de Chesterton; el claro sol de la mañana empezaba a vibrar sus rayos dentro de la habitación y mi amigo ocupado en leer el Morning-Post yacía echado en un sillón al lado de la chimenea. Restregueme los ojos y endereceme sobre el lecho. El primer objeto que hirió mi vista fue la montera colocada como la víspera en la punta del caballete. El maniquí en un rincón del cuarto ocupaba su lugar en la misma actitud que solía, con aire en gran manera inocente y ajeno del aventurero paseo de la noche.

«Querido amigo, me dijo Chesterton, acercándose a la cama; mucho me alegro de verte vuelto en ti. Preciso es que ayer te hayas embriagado completamente. Yo volví muy tarde a casa y te encontré en mi cuarto, tendido cuan largo eres en el suelo. No era cosa de enviarte a tu casa con el tiempo que hacía, y te metí en la cama sin desnudarte, y sin haber tenido el placer de verte abrir los ojos hasta ahora.»

—¡Sin desnudarme!, le dije, pues debo de estar calado: toda la noche ha estado lloviéndome encima.

—No tienes siquiera una gota de agua, replicó Chesterton, ni ¿cómo pudiera ser? No dudo que habrás regado abundantemente tu paladar, pero veo que tus vestidos no han tenido en ese riego la más mínima parte.

Decidime no sin algún trabajo a ponerle en conocimiento de mi extraordinaria aventura de la noche; pero viéndole resuelto a achacarlo todo a la embriaguez y sitiéndome algo ofendido en este punto, creí deberle enterar de todo completamente. Sonriose a los principios de mi relación; pero no tardó en excitarse su interés: escuchome con la mayor atención y cuando le describí la desaparición de la fantasma y el lugar de la escena, mirome seriamente por un gran rato. «Es cosa singular, me dijo, es muy singular: ayer cené con el joven médico que me procuró ese esqueleto para hacer el maniquí: estrechele en la conversación para que me dijese dónde se había hecho con él: y acabó por confesarme que procedía de un reo ejecutado hace algunos años en Tiburn; que había formado parte de la colección anatómica del hospital Grey, que había sido vendido con otros efectos que había allí por duplicado, y que de esa suerte había venido a parar a sus manos. De todos modos la coincidencia de esos hechos con tu lúgubre sueño es ciertamente muy notable.»

Desde aquel día no pude fijar nunca la vista en el maniquí sin experimentar una penosa emoción de terror, y aun creo que a mi amigo debió de acontecerle otro tanto, porque observé a algún tiempo que había desaparecido de su rincón el compañero de mi nocturno viaje, y nunca mas oí hablar de él desde tan singular aventura.

 

1. [Llámase así en Londres a una pandilla de hombres que violan los cementerios de noche para robar cadáveres, y venderlos a los estudiantes de anatomía.]

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