Los mejores libros de ciencia ficción.

Lo que pasa con el Canon Lite­ra­rio, así con mayús­cu­las, es que es como el código de Los pira­tas del Caribe, «que con­siste en unas direc­tri­ces, no en autén­ti­cas reglas». Y cuando habla­mos del de la cien­cia fic­ción es toda­vía más con­fuso, por­que ni siquiera hay una defi­ni­ción de lo que es la CF que con­venza a todo el mundo. Como para poner­nos de acuerdo en una lista de libros esen­cia­les. Lo que es de traca es que, siendo un género que en el fondo es tan amplio y diverso, las lis­tas de reco­men­da­dos se sigan reci­clando desde 1955, como si no se hubiera escrito nada de valor desde enton­ces. Que el sesgo se ve per­fec­ta­mente, vaya.

Es una dis­cu­sión tan cíclica, tan pre­vi­si­ble, que en la última lista de marras (que no voy a enla­zar por­que es muy posi­ble que esté dise­ñada para con­se­guir clicks de fri­kis tiquis­mi­quis como yo) adi­viné el 95% del con­te­nido antes de abrir el enlace. Están las incur­sio­nes lite­ra­rias en el género de auto­res de fuera, para dar pres­ti­gio, está la novela de aven­tu­ras deci­mo­nó­nica sobre la que se puede dis­cu­tir si es del género o no, el rami­llete de dis­to­pías (por­que la cien­cia fic­ción sólo es buena si da bajona) en el que casual­mente falta El cuento de la criada, está Dune, de la que nos acor­da­mos ahora que va a haber pelí­cula… Y está Le Guin y se la llama «la gran dama de la cien­cia fic­ción», por­que todo el mundo sabe que Le Guin, aun­que pare­cía una señora muy dulce, deca­pitó con su espada al resto de auto­ras en activo. Por­que sólo puede que­dar una.

Al final, las lis­tas así no le sir­ven a nadie. Son horren­das para atraer a nue­vos lec­to­res al género, la gente que sabe del tema se va a reír de la selec­ción y es bas­tante posi­ble que la mitad de la pobla­ción se pre­gunte si una lista de «lo mejor de» en la que hay un 6,6% de muje­res es una puñe­tera broma. Por no decir algo más fuerte.

A mí me gusta la cien­cia fic­ción clá­sica. Podría sacar sin des­pei­narme una lista de libros escri­tos antes de que yo naciera, llena de vene­ra­bles y difun­tos seño­res blan­cos, y que aún así fuese más intere­sante, repre­sen­ta­tiva y, para qué enga­ñar­nos, mejor escrita. Brad­bury se que­da­ría, por­que de ver­dad es de los mejo­res, pero el Buen Doc­tor de las Amplias Pati­llas se merece un des­canso. ¿Para qué reco­men­dar La Fun­da­ción de Asi­mov cuando hay tanta gente que no conoce La Ins­tru­men­ta­li­dad de Cord­wai­ner Smith?

Pero lo voy a dejar para otro día. Hoy que­ría ampliar la lista que hice en twit­ter en un ata­que de furia jus­ti­ciera, por­que es posi­ble reco­pi­lar una selec­ción de los mejo­res libros de cien­cia fic­ción que esté escrita exclu­si­va­mente por muje­res. No es per­fecta. Por las limi­ta­cio­nes que me puse antes de empe­zar, el rango de fechas y por hacerla sólo con obras tra­du­ci­das y publi­ca­das aquí, sigue siendo una selec­ción dema­siado homo­gé­nea. El campo ha cam­biado a mejor en los últi­mos veinte años, otra selec­ción hecha con libros más recien­tes no ten­dría los mis­mos pro­ble­mas.

Frankenstein, de Mary W. Shelley (1818).

Cual­quier lista que incluya a pio­ne­ros como Wells o Verne pero no a She­lley está des­ca­li­fi­cada auto­má­ti­ca­mente. Yo no hago las nor­mas; ni Asi­mov tenía pro­ble­mas en reco­no­cerla como la per­sona que inventó el género.

Poco más puedo aña­dir, que no sea que tanto Mary como su señora madre lo mola­ban todo. Fran­kens­tein no es sólo un clá­sico indis­cu­ti­ble del género, sino de toda la lite­ra­tura uni­ver­sal y, ade­más, She­lley tam­bién inventó la cien­cia fic­ción post-apo­ca­líp­tica en 1826 con El último hom­bre en la tie­rra.

Si hubiera jus­ti­cia en el mundo, alguno de los pre­mios del ramo sería un busto de Mary She­lley, que se lo mere­cía más que ese señor del que usted me habla que inventó el horror cós­mico. Si un busto no es posi­ble, tam­bién acep­ta­ría una réplica del cora­zón momi­fi­cado del marido de esta buena mujer. Un tal Percy, creo.

 

Metrópolis, de Thea von Harbou (1926).

Si vamos a hablar de robo­ces, Metró­po­lis es más impor­tante que las tres leyes de de Asi­mov. Ya está, ya lo he dicho. ¿Pero cuánta gente sabe que tanto el guion de la pelí­cula como el libro están escri­tos por una mujer? ¿Qué parte del éxito de la obra de Frizt Lang se debe a su cola­bo­ra­ción con Thea von Har­bou? Yo diría que una bas­tante grande, pero que el «mujer de» no nos deja ver bien.

De toda la lista, este es el caso más claro de los pro­ble­mas de «sepa­rar a la obra de su autor» y me lo pensé bas­tante antes de ponerla. Toda la influen­cia de Metró­po­lis en el ima­gi­na­rio de la cien­cia fic­ción no borra el hecho de que von Har­bou cola­bo­rase con la Ale­ma­nia nazi escri­biendo y diri­giendo pelí­cu­las de pro­pa­ganda. Ese, y no otro, es el motivo de que no suela ser más reco­no­cida.

En fin, escri­to­ras. Pue­den ser tan pro­ble­má­ti­cas como cual­quier hom­bre. #femi­nism

 

El vuelo del dragón, de Ann McCaffrey (1968).

Todos los libros de Pern son cien­cia fic­ción. Lo son, como todo el mundo sabe, por­que McCaf­frey decía que eran cien­cia fic­ción y por­que se publi­ca­ban en colec­cio­nes de cien­cia fic­ción. La con­fu­sión se debe a que salen dra­go­nes y a que es una varie­dad muy par­ti­cu­lar de CF dis­fra­zada de fan­ta­sía (como Star Wars, vaya).

Es com­pli­cado valo­rar el impacto y la influen­cia de El vuelo del dra­gón y del resto de libros de la serie desde donde esta­mos ahora. Des­pués de todo, McCaf­frey fue la pri­mera escri­tora en reci­bir un Nebula desde que se crea­ron los pre­mios. Sus dra­go­nes son los ante­pa­sa­dos direc­tos de la mayo­ría de los que apa­re­cen en el género fan­tás­tico moderno, y en este aspecto es igual de impor­tante, o más, que Tol­kien. Tam­bién tiene gran parte de la culpa de la super­po­bla­ción de após­tro­fos en los nom­bres alie­ní­ge­nas o fan­tás­ti­cos, pero no todo iba a ser bueno.

El world­buil­ding es exce­lente. La ver­dad es que soy fan de las his­to­rias donde la cien­cia es indis­tin­gui­ble de la magia por­que la expli­ca­ción se pierde en la noche de los tiem­pos. Pero hay una expli­ca­ción. Y alguien tiene que vol­ver a des­cu­brirla.

Los desposeídos, de Ursula K. Le Guin (1974).

Aquí me cuesta ser obje­tiva, por­que es mi libro favo­rito, pero no tengo que serlo. Podría haber lle­nado la lista entera sólo con sus nove­las y anto­lo­gías de rela­tos y habría sido difí­cil repro­charme algo. El impacto de Le Guin en el género es difí­cil de medir, pero su impor­tan­cia queda clara cuando ni las lis­tas más ses­ga­das pue­den dejarla fuera.

Para mí, Los des­po­seí­dos tiene la mejor des­crip­ción, la mejor pri­mera página, la mejor frase de toda la CF. «Ence­rraba el uni­verso, dejando fuera a Anarres, libre». Le Guin le podía dar sen­tido de la mara­vi­lla a lo que es bási­ca­mente el muro de un aero­puerto y usarlo para plan­tear la tesis de toda la novela: esa ambi­güe­dad a la que hace refe­ren­cia el sub­tí­tulo de Una uto­pía ambi­gua.

Todo el Ciclo de Hai­nish es una obra maes­tra, pero Los des­po­seí­dos es uno de los libros que sal­va­ría de un incen­dio en casa. Hay sue­cos a los que se les ten­dría que caer la cara de ver­güenza por no haberle dado el Nobel cuando aún vivía.

 

Mundos cálidos y otros, de James Tiptree, Jr (1975).

Tip­tree, qué gran mucha­cho. Hay algo ineluc­ta­ble­mente mas­cu­lino en sus narra­cio­nes… Lo siento, no he podido resis­tirme. El día que me dejen de hacer gra­cia esos dos pró­lo­gos de Sil­ver­berg y Asi­mov voy a tener que ir al médico, por­que lo más seguro es que sea un signo de seni­li­dad o algo así.

Casi toda la obra de Alice Shel­don, alias Tip­tree Jr., alias Racoona Shel­don, es breve. Esto es un pro­blema en un género en el que las obras impor­tan­tes (nótese la cur­siva) son nove­las, pero sería una ven­taja a la hora de hacer una reedi­ción exhaus­tiva de sus obras com­ple­tas. Que­da­rían muy bien en varios tomos en mi estan­te­ría.

Visto desde ahora, con lo que sé ahora, me parece increí­ble que alguien pueda leer un relato como Las muje­res que los hom­bres no ven y no sos­pe­char un poquito que lo había escrito una de esas muje­res invi­si­bles.

 

La estación del crepúsculo, de Kate Wilhelm (1976).

La que pro­ba­ble­mente es la mejor his­to­ria sobre clo­na­ción humana que se ha escrito. Y es de 1976. Hay otra edi­ción ante­rior que con­serva mejor el título ori­gi­nal, Donde solían can­tar los dul­ces pája­ros; la tra­duc­ción tam­bién es dife­rente.

La esta­ción del cre­púsculo es otra novela post-apo­ca­líp­tica (es como si las muje­res se pasa­ran mucho tiempo pen­sando en el fin del mundo), que sigue la vida de varias gene­ra­cio­nes de una fami­lia de clo­nes des­pués del colapso de la civi­li­za­ción. La pala­bra clave aquí es «fami­lia». Es una forma muy intere­sante de tra­tar el tema de los peca­dos de los padres, cuando son casi peca­dos pro­pios.

Muy, muy reco­men­dada.

 

 

Serpiente del sueño, de Vonda N. McIntyre (1978).

McIntyre es de esas auto­ras a las que desea­rías que el reco­no­ci­miento les hubiese lle­gado antes. Tiene un puñado de nove­las exce­len­tes, como Super­lu­mi­nal, que es de mis favo­ri­tas de «mujer pilota naves espa­cia­les», que no es un sub­gé­nero tan nume­roso como debe­ría. O La Luna y el Sol, que se pon­drá de moda un año de estos cuando saquen la pelí­cula, que lleva en el limbo desde 2014.

Ser­piente del sueño es una obra pio­nera en el uso del len­guaje y el género de los pro­ta­go­nis­tas. Tam­bién es una novela post-apo­ca­líp­tica de un futuro tan lejano que a pri­mera vista parece fan­ta­sía.

Un clá­sico impres­cin­di­ble que ganó los pre­mios más impor­tan­tes del género en Esta­dos Uni­dos: Hugo, Nebula y Locus, pero que no es tan cono­cido como debe­ría.

 

Kalpa Imperial, de Angélica Gorodischer (1983).

Que­ría haber puesto más libros escri­tos ori­gi­nal­mente en idio­mas dis­tin­tos al inglés. Tenía tres de Elia Bar­celó entre los fina­lis­tas, que se han que­dado fuera por­que fui inca­paz de ele­gir sólo uno. Con Kalpa no tuve nin­gún pro­blema, por­que esta­ría en mi top diez abso­luto, uno en el que no sepa­rase por género, nacio­na­li­dad o idioma. Es tan, tan bueno, que la pro­pia Le Guin es la que se encargó de su tra­duc­ción al inglés.

Aquí vol­ve­mos a lo de antes, es cien­cia fic­ción dis­fra­zada de fan­ta­sía; como me comen­taba alguien en las res­pues­tas del hilo, al final queda claro que se trata de un futuro muy, muy lejano.

Kalpa impe­rial tiene el mejor narra­dor del género: un cuen­ta­cuen­tos. La natu­ra­li­dad con la que habla es difi­ci­lí­sima de con­se­guir, ese tono enga­ño­sa­mente sen­ci­llo es una prueba de lo bien que escribe Goro­dis­cher.

Impres­cin­di­ble.

 

Cyteen, de C. J. Cherryh (1988).

Cyteen tiene el dudoso honor de lucir la peor por­tada en la larga serie de por­ta­das horri­bles que, como cuenta Elea­nor Arna­son en su artículo en Infil­tra­das, le suele tocar con más fre­cuen­cia a los libros de CF escri­tos por muje­res. Por eso la ima­gen de este artículo es de una edi­ción en inglés, por­que en los tres volú­me­nes que publicó Nova en los noventa sale «la de los gri­fos», como sabe cual­quiera que me siga en twit­ter, por­que suelo des­po­tri­car sobre ella de forma perió­dica.

Cherryh es otra autora infra­rre­pre­sen­tada en cas­te­llano, aun­que quizá es por­que su obra es vas­tí­sima, más que por falta de publi­ca­cio­nes. Como mues­tra está su serie Foreig­ner, que consta de siete tri­lo­gías con­se­cu­ti­vas con más de veinte volú­me­nes en total (¿Que San­der­son qué?), de los que aquí sólo se ha tra­du­cido el pri­mero, El extran­jero. Este aban­dono es toda­vía más san­grante cuando casi lo que ha escrito forma parte del mismo uni­verso, y cuando alguna de las series que lo com­po­nen, como Cha­nur, son otros clá­si­cos por dere­cho pro­pio. (Los cua­tro pri­me­ros libros de la serie de Cha­nur sí que se tra­du­je­ron pero, sor­presa, están des­ca­ta­lo­ga­dí­si­mos).

Cyteen es un com­plejo estu­dio sobre la iden­ti­dad que, como La esta­ción del cre­púsculo, usa la clo­na­ción humana como base, todo den­tro de una socie­dad dis­tó­pica que le podría sacar los colo­res a Un mundo feliz, pero que, curio­sa­mente, se des­cribe de una forma muy neu­tra y expo­si­tiva en la novela, sin jui­cios de valor, algo que estoy con­ven­cida de que es una deci­sión deli­be­rada de la autora.

Tam­bién es una novela de mis­te­rio en la que, spoi­lers, alguien tiene que resol­ver su pro­pio ase­si­nato.

Hierba, de Sheri S. Tepper (1989).

La puerta al país de las muje­res es la novela más famosa de Tep­per, y la que suele apa­re­cer en las lis­tas de reco­men­da­dos, pero en muchos aspec­tos no ha enve­je­cido nada bien (espe­cial­mente en el tra­ta­miento que hace de la homo­se­xua­li­dad, aun­que sea de pasada). Hierba y Des­per­tar, que es maca­bra en el mejor de los sen­ti­dos y tiene a unos de los alie­ní­ge­nas más alie­ní­ge­nas del género, me pare­cen mucho más intere­san­tes.

Aun­que sea cien­cia fic­ción, hay algo de terror gótico en Hierba. La pro­ta­go­nista atra­pada en una man­sión ais­lada en el campo, la tur­bia atrac­ción que sien­ten cier­tas cria­tu­ras por las muje­res huma­nas, que no llega a verse ni a expli­carse, pero se adi­vina…

La ver­dad es que toda la atmós­fera es estu­penda, como lo es la bio­lo­gía de los alie­ní­ge­nas y el eco­sis­tema del pla­neta.

Tam­bién es exce­lente el desa­rro­llo de las con­se­cuen­cias del colapso eco­ló­gico de la Tie­rra, las pla­gas y enfer­me­da­des que pue­den salir de ahí y el expo­lio colo­nial de los recur­sos de otros para solu­cio­nar pro­ble­mas pro­pios. Casi nada.

Xenogénesis, de Octavia E. Butler (1987).

Cono­cida en inglés como Lilith’s Brood, esta tri­lo­gía de Butler, com­puesta de Ama­ne­cer, Ritos de Madu­rez e Imago, es de esas reedi­cio­nes que nece­si­ta­mos como el comer. Con por­ta­das nue­vas, si no es mucho pedir.

Lo he comen­tado en alguna oca­sión, pero la pri­mera vez que leí Ama­ne­cer no me di cuenta de que la pro­ta­go­nista es una mujer negra. No es algo fácil de pasar por alto, fue el idiota y vago de mi cere­bro fián­dose de los este­reo­ti­pos, los luga­res comu­nes y las ideas pre­con­ce­bi­das sobre quién puede ser pro­ta­go­nista. La ver­güenza que sentí al darme cuenta del asunto des­pués de empe­zar la segunda novela no es algo que se me vaya a olvi­dar.

Es curioso que en la cien­cia fic­ción, que en el fondo es un género que ape­nas tiene lími­tes, hay pocas his­to­rias que se cen­tren en rela­cio­nes afec­ti­vas o sexua­les. Así, gene­ra­li­zando, en con­junto es pelín moji­gata. Que, como en Xeno­gé­ne­sis, se cen­tren en rela­cio­nes con una espe­cie extra­te­rres­tre, hay toda­vía menos.

En esta tri­lo­gía post-apo­ca­líp­tica (sí, otra vez) una raza de alie­ní­ge­nas salva a la Huma­ni­dad de la extin­ción, pero a la vez le quita la capa­ci­dad de repro­du­cirse a los super­vi­vien­tes. Para hacerlo, el pre­cio es unirse a ellos para crear algo… dis­tinto.

Un clá­sico abso­luto, de ver­dad. Es un cri­men que sea tan difí­cil de encon­trar sin darse al corso.

El libro del Día del Juicio Final, de Connie Willis (1992).

Willis es el autor más pre­miado de la his­to­ria de la cien­cia fic­ción (y aquí estoy usando el mas­cu­lino gené­rico de forma inten­cio­nada), así que a cual­quier lista que no la incluya se le da las gra­cias, el juego de mesa del pro­grama y se la manda para casa.

Tam­bién es otra de mis escri­to­ras favo­ri­tas, así que fue difí­cil ele­gir una novela. Tiene varias diver­ti­dí­si­mas, como Oveja mansa, por­que Willis hace HUMOR, o come­dia de enredo, como dice ella a veces. Sus cuen­tos son impre­sio­nan­tes; es imba­ti­ble en las dis­tan­cias cor­tas, cuando sus nove­las más lar­gas, como Trán­sito, no ter­mi­nan de que­dar tan redon­das.

Es famosa sobre todo por sus his­to­rias de via­jes en el tiempo, en gran parte de su obra apa­rece la misma orga­ni­za­ción de his­to­ria­do­res que estu­dia el pasado, como en esta, Dooms­day Book en el ori­gi­nal, en el que una de ellas, Kir­vin, queda atra­pada en el año equi­vo­cado de la Edad Media. Esta novela, en con­creto, no es de risa. No.

Círculo de espadas, de Eleanor Arnason (1993).

Creo que es uno de mis ejem­plos favo­ri­tos de pri­mer con­tacto entre huma­nos y alie­ní­ge­nas. Y mi libro favo­rito con una socie­dad segre­gada por sexos, algo que nunca se ter­mina de hacer bien. Y mi favo­rito de cien­cia fic­ción cen­trada en el len­guaje.

Una de las situa­cio­nes que más me gus­tan de la CF es cuando, durante el pri­mer con­tacto, una de las dos espe­cies tiene que deci­dir si la otra es sen­si­ble y auto­cons­ciente. Si son gente. A veces hay un jui­cio y todo. Aquí, son los huma­nos los que están a prueba por una espe­cie con tec­no­lo­gía supe­rior con la que no con­viene entrar en gue­rra.

La pro­ta­go­nista es una tra­duc­tora humana que tiene apren­der el idioma de los otros, por­que no te pue­den juz­gar si no te ente­ras de lo que pasa. Hay alie­ní­ge­nas pelu­dos y medu­sas bio­lu­mi­nis­cen­tes. Hay arte, tea­tro y obras de Sha­kes­peare. Hay refle­xio­nes sobre género y sexua­li­dad, tanto humana como alie­ní­gena, y sobre qué es lo que nos hace gente.

 

Una campaña civil, de Lois McMaster Bujold (1999).

Lo que ha hecho Bujold con la saga Vor­ko­si­gan es algo increí­ble. En una de las mejo­res series de space opera jamás crea­das, sigue a un único indi­vi­duo, desde antes de que sus padres se conoz­can hasta su vida adulta (y más allá, con suerte, si puede seguir escri­biendo). Se puede ver per­fec­ta­mente la influen­cia que tiene el pro­ta­go­nista, Miles, en el curso de la his­to­ria de la gala­xia, por la que se mueve a base de pura cabe­zo­ne­ría y fuerza de volun­tad, en el que es uno de los mejo­res ejem­plos de dig­ni­dad y diver­si­dad fun­cio­nal de la cien­cia fic­ción.

Me resulta impo­si­ble ele­gir sólo una novela de la serie, así que al final me decidí por la «come­dia de cos­tum­bres», por supuesto. Es algo que Bujold hace mucho a lo largo de la serie, le gusta jugar con el enfo­que de los libros. Hay space opera, nove­las de detec­ti­ves, cien­cia fic­ción mili­tar, come­dia, drama y romance. Pura mara­vi­lla.

Y, lo mejor de todo, está al caer una reedi­ción.

El corcel, de Carol Emshwiller (2002).

Otra dis­to­pía post-apo­ca­líp­tica con un final sor­pren­den­te­mente opti­mista (en serio). En mi head­ca­non, Emsh­wi­ller se leyó Amos de títe­res de Hein­lein, otro habi­tual de las lis­tas de reco­men­da­dos, y pensó «puedo hacerlo mejor». Y vaya si lo hizo.

La pre­misa es muy simi­lar, una espe­cie de alie­ní­ge­nas pará­si­tos con habi­li­da­des de con­trol men­tal intenta escla­vi­zar a la Huma­ni­dad. La dife­ren­cia es que en Amos de títe­res no lo con­si­guen, pero en el El cor­cel sí.

La novela comienza varias gene­ra­cio­nes des­pués de la con­quista, cuando el con­trol sobre los huma­nos es tan com­pleto que son bási­ca­mente los caba­llos de los extra­te­rres­tres. De ahí viene el título, por­que la acción sigue a uno de esos cor­ce­les y a la extraña rela­ción que se desa­rro­lla entre él y su “amo”.

Para ser una novela bas­tante dura (con todo el tema de criar gente como a ganado no se aho­rra nin­gún para­le­lismo con épo­cas de escla­vi­tud reales), el final ya digo que es hasta hope­punk antes de que se empe­zara a usar la pala­bra.

 

Conclusión

Cual­quier lista de «los mejo­res», sea de lo que sea,  en la que sólo haya una mujer es un ejer­ci­cio de pereza tan pre­vi­si­ble que no merece tenerse en cuenta. Y que todo el mundo tiene sus ses­gos. Yo los míos los tengo bas­tante cla­ros. No he metido ni El cuento de la criada ni Len­gua materna, dos de los ejem­plos más cono­ci­dos de cien­cia fic­ción con un enfo­que femi­nista, por­que a mí, per­so­nal­mente, no me ter­mi­nan de con­ven­cer (mi favo­rito abso­luto en esa cate­go­ría es Cua­tro cami­nos hacia el per­dón, de Le Guin, que sí que me ha cos­tado dejar fuera pero no que­ría repe­tir auto­ras). Hay pocas auto­ras de las déca­das de cua­renta y cin­cuenta por­que siem­pre me ha intere­sado más el género des­pués de la New Wave y por­que las escri­to­ras de esa época no son tan cono­ci­das como las que vinie­ron des­pués y están menos tra­du­ci­das. Kat­he­rine MacLean, uno de mis des­cu­bri­mien­tos del año pasado, tiene rela­tos suel­tos tra­du­ci­dos en anto­lo­gías y revis­tas des­ca­ta­lo­ga­das, pero no hay nin­guna anto­lo­gía en con­di­cio­nes, así que la tuve que leer en inglés.

Tengo pen­sado hacer una lista de reco­men­da­cio­nes con libros más recien­tes y escri­to­ras más con­tem­po­rá­neas, que va a ser un reto por­que ahora sí que no hay excusa a la hora de ele­gir. Queda apun­tado para la pró­xima.

5 comentarios en “Los mejores libros de ciencia ficción.”

  1. Gra­cias a ti por leer. La ver­dad es que hay un mon­tón de escri­to­ras que salie­ron en su momento en las colec­cio­nes de género fan­tás­tico (de fan­ta­sía hay para otras dos lis­tas, pero no era el tema), de las que no nos sole­mos acor­dar por­que ¿pata­tas? Hay nove­las bue­ní­si­mas olvi­da­das en el fondo edi­to­rial que, con una revi­sión y un cam­bio de por­tada, serían per­fec­tas para reedi­tar hoy mismo.

  2. Hola, Raquel
    Estaba sol­tando un rollo tre­mendo, menos mal que he reca­pa­ci­tado y lo he borrado. Resu­mido: muchas gra­cias, soy un adicto a la cien­cia fic­ción y el aporte feme­nino me hace más adicto aún. Tomo nota de cada reco­men­da­ción, impa­ciente por hin­car­les el diente.
    Salu­dos
    PD: Tu sec­ción de Cuen­ti­nes es deli­ciosa 🙂

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