Erinnis

La carre­tera par­tía el bos­que en dos y se exten­día hasta más allá de la noche, hacia el hori­zonte, hasta cla­varse muy den­tro de la luna. En el cielo las nubes se dis­fra­za­ban de Vía Lác­tea y, debajo, los árbo­les pare­cían manos alza­das, supli­cando desde las ori­llas de asfalto. Las tres som­bras rojas que pare­cían muje­res lle­va­ban reco­rriendo carre­te­ras como esa más tiempo del que podían recor­dar, quizá desde antes de los tiem­pos. Cier­ta­mente, desde antes de que los cami­nos de tie­rra se con­vir­tie­ran en carre­te­ras. Salvo por ellas, el paraje estaba desierto. Si algo las guiaba, debía estar escrito en la enorme luna por­que no había no ras­tros ni pis­tas en la noche desolada. Sus túni­cas pare­cían teji­das con hilos de san­gre y, de cuando en cuando, bajo las capu­chas aso­ma­ban rizos retor­ci­dos, como ser­pien­tes.

Cami­na­ban segu­ras, sin prisa. Le atra­pa­rían. Ya no le que­da­ban dio­ses tras los que escon­derse.

—¿Por qué insiste en huir siem­pre por carre­te­ras secun­da­rias? ¿Tanto le gus­tan? —dijo una de las cria­tu­ras—. Siem­pre le atra­pa­mos, tarde o tem­prano.

—Por eso mismo —dijo la que pare­cía más vieja. Aun­que, en el fondo, todas lo eran—. Ya sabe de sobra que no le vale de nada ocul­tarse entre las mul­ti­tu­des.

—Sí, pero podría tomar la auto­pista, digo yo.

—Ya pues­tas —dijo la que pare­cía más joven, aun­que nin­guna lo era—, ¿por qué siem­pre tene­mos que ir andando? ¿Por qué no nos mate­ria­li­za­mos frente a ellos, sin más?

La cria­tura que iba en cabeza, la más anciana y la que tenía peor carác­ter, se paró y mur­muró algo entre dien­tes, con gesto de fas­ti­dio. Luego, en voz alta y con un tono que no admi­tía répli­cas, dijo:

—Por­que siente cada paso que damos —vaciló, bus­cando alguna frase ade­cuada—, cada paso que avan­za­mos es como… como…

—¿Como un clavo más atra­ve­sando la tapa de su ataúd? —ter­minó la cria­tura de edad inter­me­dia.

—Ya esta­mos con las fra­ses lapi­da­rias —se quejó la joven—. Siem­pre igual.

—Por cierto, ¿sabe­mos cómo se llama él esta vez?

—Claro. El pobre no es dema­siado ori­gi­nal.

Veró­nica se arre­bu­jaba en su abrigo. No es que tuviese frío, claro, pero sen­tía que eso era lo que tenía que hacer.

No tenía prisa. Sabía que, tarde o tem­prano, alguien pasa­ría y la reco­ge­ría. Pero por ahora man­te­nía el pul­gar den­tro del puño den­tro del bol­si­llo del abrigo. No era la pri­mera vez que hacía auto­es­top. Tam­poco tenía por qué moles­tarse. Una mujer, joven, con ropa blanca bajo un abrigo blanco, de pie, a un lado de una carre­tera secun­da­ria, lla­maba mucho la aten­ción. Los coches solían parar para lle­varla.

Y si no, peor para ellos.

A lo lejos, las luces de unos faros anun­cia­ban un coche.

El coche era alqui­lado y tenía la cale­fac­ción estro­peada. Tam­bién la radio, que sal­taba de una emi­sora a otra como loca. Oriol no podía echar­les la culpa a ellas. Nunca habían com­pren­dido la tec­no­lo­gía.

Sabía que la cinta tenía que estar debajo del asiento, sólo hacía media hora que se le había caído ahí. Pero no iba a parar en medio de una tétrica carre­tera secun­da­ria para bus­carla. Eso les encan­ta­ría. Si no habían inu­ti­li­zado toda­vía el motor del coche era por­que no sabrían cómo hacerlo. Desde luego que no iba a parar. Pero podía bus­car en mar­cha. Tan­teaba con la mano dere­cha debajo del asiento, pro­cu­rando no pen­sar en cosas repul­si­vas que se arras­tran en la oscu­ri­dad, mien­tras inten­taba man­te­ner la cabeza erguida, ver algo por encima del volante. No era fácil.

Veró­nica estaba real­mente sor­pren­dida. El con­duc­tor no sólo la había visto, sino que lite­ral­mente se le estaba echando encima. Esto era nuevo.

Nunca antes habían inten­tado atro­pe­llarla.

Oriol dio un grito triun­fal. Últi­ma­mente hacía falta bien poco para ale­grarle el día. Agitó la cinta el aire, como desafiando a los dio­ses, y luego la puso a todo volu­men. Inme­dia­ta­mente comenzó a sonar High­way to Hell. Le pare­cía una banda sonora muy ade­cuada, aun­que hacía horas que había dejado la auto­pista. Y como siem­pre, no sabía por qué.

Enton­ces fue cuando vol­vió a pres­tar aten­ción a la carre­tera.

Había una chica en el arcén. Y estaba a punto de atro­pe­llarla. Lo más curioso es que no pare­cía asus­tada, ni inten­taba huir, ni se pro­te­gía la cabeza con los bra­zos. Sólo estaba ahí, quieta, mirando. Vaga­mente intri­gada.

Oriol frenó de golpe. O lo intentó, por­que ya sabía que los fre­nos tam­poco fun­cio­na­ban dema­siado bien. Pegó varios volan­ta­zos y final­mente chocó con­tra algo. No se atre­vía a mirar.

Abra­zado al volante, con los ojos fuer­te­mente cerra­dos, pensó: «Por favor, que no haya sido la chica. Enton­ces que no me deja­rán en paz».

Alguien dio unos gol­pe­ci­tos con los nudi­llos en la ven­ta­ni­lla. ¿Ellas tenían nudi­llos? Le pare­cía que sí, o al menos los tenían la última vez que las vio. Oriol repri­mió un esca­lo­frío y se arriesgó a mirar.

—¿Estás bien? —dijo ella, como si no cono­ciera ya la res­puesta. Oriol tem­blaba de pies a cabeza. Luego señaló—: Estás san­grando.

La voz de la chica era extraña, como si no nece­si­tase mover aire para pro­du­cir soni­dos.

Oriol se llevó la mano a la cabeza y la retiró roja. «Mierda, lo que fal­taba. Como si no pudie­ran olerla», pensó.

Y per­dió el cono­ci­miento.

Más lejos, las tres cria­tu­ras olfa­tea­ron la noche.

—¿No oléis eso? —dije­ron la mujer y la anciana a coro.

—¡Bien! ¡He aquí una hue­lla mani­fiesta del hom­bre! —con­ti­nuó diciendo la joven—. ¡Sigue la ruta de este guía mudo! Como perro en la pista del cer­va­ti­llo herido, siguiendo vamos a éste por las gotas de su san­gre. ¡El vaho de la san­gre humana me son­ríe!…

—¿Cómo dices, niña?

—Lo siento, no he podido con­te­nerme.

—Siem­pre igual —se quejó la anciana—. En cuanto se emo­ciona, empieza a hablar así.

—Esta juven­tud…

Veró­nica estaba intri­gada. Hacía mucho, mucho tiempo que no se encon­traba a alguien así. El tipo pare­cía estar com­ple­ta­mente loco, aun­que con algún momento de luci­dez inter­ca­lado. Era atrac­tivo, y pare­cía joven hasta que uno se acer­caba un poco más y, bajo la piel tersa, adi­vi­naba una pro­funda trama de arru­gas, enma­ra­ñada como las redes del tiempo. Ah, y tenía el pelo com­ple­ta­mente blanco.

—Eh, oye —dijo Veró­nica—. No soy una experta, pero creo que así lo único que con­si­gues es estro­pearlo aún más.

—¿Toda­vía estás ahí? —con­testó Oriol, furioso, sin dejar de gol­pear el coche con la barra de hie­rro—. Te recuerdo que esto es culpa tuya.

—Cierto. Debe­rías haber seguido todo recto y haberme gol­peado. Seguro que yo hubiera dejado mucha menos marca en el coche que ese árbol con el que has cho­cado.

—Mira, Veró­nica, ¿no? —Ella asin­tió—. Debe­rías irte ahora que pue­des. No te gus­tará estar aquí, den­tro de un rato. No soy una buena com­pa­ñía.

—Vaya, yo tam­poco. Esta­mos en paz.

—No, tú no lo entien­des. Es peli­groso estar cerca de mí. —Él no sabía cómo con­ven­cerla—. Tie­nes que irte.

Ella negó con la cabeza.

—No puedo.

Oriol tiró la barra de hie­rro. De todas for­mas, el morro del coche no podría estar más arru­gado. Había inten­tado repa­rarlo, pero ense­guida se dio por ven­cido. Luego, tran­qui­la­mente, rodeó el vehículo y sacó la barra del male­tero. Des­pués empezó con los gol­pes. La chica no podía creerlo.

—Allá tú. Ya te he avi­sado.

—De todas for­mas tengo que espe­rar a que alguien me lleve —dijo Veró­nica—. No tengo nada mejor que hacer.

—Está bien —dijo él—. Por cierto, ¿no habrás come­tido deli­tos de san­gre, ver­dad?

—¿Per­dón?

—Da igual. Pronto lo sabre­mos. Ya vie­nen.

—¿Ya viene quién?

Ellas vie­nen.

—¿Ellas? Pues como no espe­ci­fi­ques más.

—Dio­sas, de quie­nes los Dio­ses tie­nen horror.

—Ya.

Ella seguía sin com­pren­der. Oriol movió la cabeza, fas­ti­diado.

—He visto cosas que no cree­rías…

—¿Quie­res apos­tar?

Oriol no tenía ganas de charla. Reco­gió las cua­tro cosas que lle­vaba en el coche y la bolsa con la poca ropa que tenía y echó a andar, por la carre­tera, hacia la luna. Puede que le atra­pa­ran, pero no iba a que­darse sen­tado espe­rando. Ella le siguió.

—¿Sabes? —pre­guntó él—. Una vez me encon­tré con Caín en un bar. Le reco­nocí por la marca de la frente. —Miró a Veró­nica, como desafián­dola a que le cre­yera—. Le invité a una copa, pero el cama­rero no quiso ser­virla. Dijo que allí no había nadie más. Sim­ple­mente era inca­paz de verle.

Ella no dijo nada.

—Estaba mal­dito —con­ti­nuó—, como yo. —Oriol dejó de cami­nar y miró al cielo—. Lo malo es que yo no recor­daba qué es lo que hice. ¿Te ima­gi­nas?

—No.

—Ya. Por cierto, ¿qué está haciendo una chica tan joven como tú sola a estas horas de la noche?

—La his­to­ria es dema­siado larga para con­tarla ahora —dijo Veró­nica—. Mejor háblame de ellas.

Oriol seguía hechi­zado por la cua­li­dad ultra­te­rrena de la voz de la chica. Pero, de todos modos, apretó el paso. Cada vez esta­ban más cerca.

—No hay mucho que decir. Son tres, las hijas de la negra Noche. Vie­jas, más vie­jas que cual­quier dios. Con ser­pien­tes por cabe­llera, cabe­zas de perro, cuer­pos negros como el car­bón, alas de mur­cié­lago y ojos que llo­ran san­gre.

—¿Todo a la vez?

—Sí. Y ade­más usan látigo y antor­chas.

—Joder.

—Ya lo sé.

—¿Y no recuer­das por qué te per­si­guen?

—Ahora sí. La san­gre de una madre, luego de ver­tida, es inde­le­ble. Corre y el suelo la absorbe. ¿Y dónde cesa la huida del ase­sino?

—¡Cuánta fatiga a causa de este hom­bre! Tengo el pecho jadeante. En efecto, he pasado por todos los luga­res de la tie­rra, sin alas he volado sobre el mar, per­si­guién­dole no menos rápida que su nave y estoy can­sada. ¿Por qué nari­ces tene­mos que ir a pie?

—Por­que sí, por­que así lo hemos hecho siem­pre. Por­que tene­mos dig­ni­dad.

—Y deja de hablar así de una puta vez. A noso­tras no nos impre­siona.

—No tenéis ni el más mínimo sen­tido del dra­ma­tismo. —Declamó—: ¡Espi­rad sobre él vues­tro hálito san­griento, con­su­midle en el soplo infla­mado de vues­tras entra­ñas! ¡Corred! ¡Ago­tadle, sin cejar en la per­se­cu­ción! ¡Ay! ¡Megera, mírala, que me ha dado un lati­gazo!

—¿No te can­sas nunca de hablar así?

—¿No te can­sas tú de este estú­pido tra­bajo?

—No es un tra­bajo. Es lo que somos.

—¡Qué más da! Ya nadie cree en noso­tras.

Noso­tras cree­mos.

—Y él tam­bién.

For­ma­ban una pareja bas­tante extraña. Él, miraba cons­tan­te­mente hacia atrás, cami­naba deprisa y con cierta difi­cul­tad, como si car­gara con un peso terri­ble, el peso del miedo o del tiempo. Todo lo des­truye, al enve­je­cer, el tiempo. La chica no pare­cía com­par­tir aquel miedo, como si no cre­yera del todo lo que Oriol le había con­tado. Pare­cía incluso diver­tida.

Ade­más, no pro­yec­taba nin­guna som­bra bajo la luz de la luna.

¿Y por qué era tan eté­rea?

Oriol las sen­tía cada vez más cerca, cami­nando como un solo ser. Acom­pa­sa­das. Cer­nién­dose sobre él, como bui­tres. Impla­ca­bles.

—Así que pue­des huir, pero no escon­derte, ¿no? —dijo ella.

—A veces tengo la impre­sión de que llevo huyendo eter­na­mente. —Oriol se tapó la cara con las manos—. A veces creo que me per­si­guen por­que no tie­nen nada mejor que hacer. Que soy su pasa­tiempo.

—¿Sabes? —comentó Veró­nica, como si le cos­tase recor­dar. El tiempo no sig­ni­fi­caba nada para ella—. Una vez viajé en coche con un hom­bre que me contó una his­to­ria pare­cida a la tuya. Solo que en ella, al final per­do­na­ban al ase­sino, los dio­ses se apia­da­ban de él, y las… cosas que lo per­se­guían se vol­vían bon­da­do­sas…

—¿Y te lo creíste?

—No.

—¿Oriol?

—¿Sí?

—Esas… cosas. ¿Tie­nen nom­bre?

—Se llama Erin­nis.

—¿Las tres se lla­man así?

—Es que, en el fondo, son la misma.

…Y al fin le alcan­za­ron…

Oriol lo supo antes de ver­las apa­re­cer frente a él, y echó a correr, gri­tando enlo­que­cido. Las Tres Furias le per­se­guían, jugando con él, aco­sán­dolo, obli­gán­dole a retro­ce­der. Sin dejar que aban­do­nase la carre­tera para ocul­tarse en la espe­sura. Por mucho que Oriol corriera, siem­pre había una Furia para hacerle dar la vuelta.

Cuando Oriol empezó a can­sarse, recordó a la chica. Las Furias no pare­cían haberse dado cuenta de que seguía ahí, mirando. Con ojos diver­ti­dos. Sin hacer nada.

—¡Ayú­dame! —suplicó él, arro­ján­dose a sus pies—. ¡Diles algo! ¡Con­vén­ce­las para que me dejen en paz!

Veró­nica no dijo nada.

Las Furias pare­cie­ron sor­pren­di­das.

—¿Pero con quién habla este imbé­cil? —dije­ron a coro.

Ellas no podían verla.

Oriol intentó esca­par. Mien­tras se ale­jaba pudo oír a la chica, que decía: —No puedo ayu­darte. Ésta es mi curva. No puedo pasar de aquí. Lo siento.

Y su voz seguía siendo extraña.

Veró­nica aún se quedó un rato más.

Oriol se cayó al suelo, a un lado de la carre­tera que par­tía el bos­que en dos y se exten­día hasta más allá de la Noche, cerca de los árbo­les que pare­cían manos alza­das, supli­can­tes, desde las ori­llas de asfalto. Las Tres Furias con ropa­jes de san­gre se arre­mo­li­na­ron a su alre­de­dor, como aves extra­ñas. Oriol tenía la boca seca y llena del más puro sabor a miedo.

—Hola, chi­cas —dijo. Las pala­bras pare­cían con­den­sarse a par­tir del frío que ema­naba de las cria­tu­ras, pero él no pudo con­te­ner­las—: Cuánto tiempo. ¿Os habéis hecho algo en el pelo?

—Son las ser­pien­tes —dijo Tisí­fone, la ven­ga­dora del cri­men—. Ya no las lle­va­mos. Se enre­da­ban cons­tan­te­mente por­que siem­pre se esta­ban peleando entre ellas. Y ade­más había que dar­les de comer y no ganá­ba­mos para rato­nes…

—¡Silen­cio! —gruñó Megera, la anciana refun­fu­ñona—. Eso no importa ahora…

—¿Y las cabe­zas de perro y las alas de vam­piro?

—Lo mismo. Es que eran poco prác­ti­cas…

—¡Oh, Noche negra, madre mía! ¿Ves esto? —aulló Megera.

—Y luego se queja de cuando hablo yo… —gruñó Alecto, la joven siem­pre enco­le­ri­zada.

—¡Basta! —la anciana exi­gió silen­cio—. Empe­ce­mos.

Las cria­tu­ras se aba­lan­za­ron sobre él, reci­tando a coro mien­tras le rodea­ban.

Tie­nes que expiar tu cri­men; he de beber en tu cuerpo vivo el rojo y horri­ble licor; y des­pués de haberte ago­tado, te arras­traré bajo tie­rra, para que reci­bas cas­tigo por el ase­si­nato de tu madre. ¡Fuerza es que perez­cas igno­mi­nio­sa­mente, recha­zado por todos, sin cono­cer ya la ale­gría de la mente, sin san­gre ya, como vana som­bra, pasto de los Demo­nios, sin poder con­tes­tar ni hablar, cebado para con­sa­grarte a mí! No serás dego­llado en el altar. Oye este himno que te enca­dena: ¡Ea! ¡Can­te­mos en coro! Plá­ce­nos aullar el canto espan­toso y decir los des­ti­nos que nues­tro cor­tejo dis­pensa a los hom­bres… Bla, bla, bla. Bueno, ya cono­ces el resto, ¿no?

—Sí —dijo, y su voz sonaba infi­ni­ta­mente can­sada—. No es la pri­mera vez que me lo decís.

Antes de irse, Veró­nica vio algo bas­tante extraño. Una de las cria­tu­ras se apartó de las otras dos y se alejó, cru­zando la carre­tera, como si ya no qui­siera seguir jugando. No pudo dis­tin­guir cuál de las tres —la niña, la mujer, la arpía— había sido. Tal vez no impor­tara. Veró­nica no se quedó a ver cómo las otras dos des­pe­da­za­ban al hom­bre ago­tado, tirado en el suelo. Se dio la vuelta, de regreso a su sitio de siem­pre, en la carre­tera, allí donde se que­daba para apa­re­cerse a los coches que pasa­ban, por si alguien que­ría lle­varla.

Y si no, peor para ellos.

Mien­tras se iba, escu­chó como algo graz­naba a sus espal­das:

—¡El hígado! ¡Yo me pido el hígado!

Se enco­gió de hom­bros.

Cosas más raras había visto.

Ores­tes abrió los ojos. Estaba ten­dido bajo una Luna inmensa en la noche infi­nita, bajo un cielo con las nubes dis­fra­za­das de Vía Lác­tea. Des­nudo como un recién nacido, infi­ni­ta­mente can­sado.

Lo único que recor­daba era su nom­bre.

Tam­bién sabía que había hecho algo terri­ble.

Y que alguien le per­se­gui­ría eter­na­mente por ello.

Este relato apa­re­ció en la anto­lo­gía Visio­nes en la edi­ción del 2005